Con el andar del tiempo

La lengua como ese espacio de libertad que tanto sulfura a quienes se consideran herederos de una ‘patria’ que expropia la riqueza cultural de otras que no son la suya

Cartas y fotografías de la Guerra Civil y la posterior represión.

Cartas y fotografías de la Guerra Civil y la posterior represión. / F. Bustamante

Alfons Cervera

Alfons Cervera

En 1969 Max Aub regresa a España de su exilio mexicano y lo cabrea profundamente que nadie se acuerde de él. Ni de sus libros. «He venido, pero no he vuelto», escribe en La gallina ciega, mostrando su enfado. Recuerda esa visita Joan Oleza en la introducción a Claves de la guerra civil. Memorias y narrativas: «Desde 1969 han pasado muchas cosas, pero la España democrática sigue teniendo cuentas pendientes, no saldadas, con su pasado más traumático». Una página más tarde, añade: «Y, sin embargo, todavía en 2022, ochenta y cinco años después del comienzo de la guerra civil, la sociedad española no ha podido convertir en memoria histórica, o si se quiere, en memoria cultural consensuada, los efectos de ese trauma». A partir de ahí vienen casi mil apretadas páginas con las voces castellanas, catalanas, gallegas y vascas que permitan «constatar las claves ibéricas de un diálogo posible entre literaturas diferentes». Un detalle crucial, este de la elección de la lengua para construir el relato de cada uno de los diferentes pasados, que ya de entrada hace apetecible adentrarse en la lectura. «La lengua es nuestro único territorio libre», escribe Joseba Sarrionandia en uno de sus poemas de la cárcel. La lengua como espacio de libertad que tanto sulfura a quienes se consideran herederos de una patria que expropia la riqueza cultural de otras que no son la suya.

Indagar en esos pasados es como cavar en un terreno sometido a la devastación. Lo dijo Walter Benjamin y yo asumo la belleza metafórica de esa afirmación. No tener miedo a los recuerdos traumáticos. Cavar en la tierra baldía, sacar a la luz lo allí escondido y esparcirlo no como cenizas ni arena muerta, sino como materia viva con la que ir levantando desde los cimientos una posible historia común del silencio y el olvido. O sea: encontrar una explicación razonable a lo que fue la historia de un país que tantos años después del trauma de una guerra ganada por el fascismo contra la Segunda República sigue empeñado más en la estrategia del olvido que en la necesidad de hacer memoria para que no se lo coma la vergüenza. Y esa labor de cava, siguiendo con el símil de Benjamin, la lleva a cabo aquí la azada de la literatura. Una miaja cursi sí que me ha salido lo de la azada. Pero bueno. Sigamos.

«Establecer un diálogo posible entre escrituras diferentes», así concluye la introducción. Una mirada amplia que nos ofrezca un paisaje en que ninguna escritura se quede en las orillas. Excelentes testimonios de esas escrituras. Las generaciones que irán añadiendo las suyas a las de antes, abriendo el paso -como así ha venido sucediendo- a las que vendrían luego. Desde que empieza el siglo XXI se dispara la literatura memorialista. El mercado impone sus reglas. Hay que vender lo que sea, aunque sea humo: también las ficciones que recuenten la historia. Pero antes del siglo XXI ese recuento ya estaba ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Desde mucho antes, aunque la inflexión más fuerte se produzca en 1996, cuando el Partido Popular de José María Aznar gana las elecciones y reabre con virulencia la idea de las dos Españas que había intentado superar -con aciertos y errores- la Transición.

No faltan -y eso engrandece las dimensiones de este libro necesario- materiales para el debate. Y cómo se agradece esa propuesta. Echo en falta bastantes veces, cuando hablamos de textos académicos, algo que se parezca, si no a la confrontación (¿y por qué no?, con lo que a mí me gusta), sí al menos a una simple diversidad de pareceres. O sea: debate para que no se quede nada en el lado oscuro de las cosas. Aquí aparece en bastantes ocasiones. Principalmente -sin que eso quiera decir obligado asentimiento por parte de quien lee- cuando se alude a cuestiones ideológicas a la hora de encarar las diferentes narrativas, a defender o no discursos que tienen que ver con el cinismo de la equidistancia, a indagar en la posibilidad casi segura de que el pasado nunca es sólo pasado sino que -al decir de Faulkner y tantos otros- siempre habrá un presente buscando su sitio en ese recorrido. «Todo vuelve otra vez vivo a la mente, / Irreparable ya con el andar del tiempo…», escribe Luis Cernuda. Precisamente de eso se trata. De que lo de ayer y las narrativas que lo cuentan sigan con vida y no se agoten en absurdas y siempre interesadas complacencias.

Hay además, en Claves ibéricas de la guerra civil, un añadido que valoro muchísimo: la nómina de escrituras abarca todo el espectro literario de un país diverso al que la derecha y la extrema derecha quieren volver uno, ridículamente pequeño y oprobiosamente encadenado. Desde libros y nombres de éxito mercadotécnico (¡ay, señor, qué cruz!) a otros que no forman parte del estrellato ficcional memorialista. No saben ustedes cómo se agradece este detalle. Uno está harto de que sólo aparezcan, en manos incluso de solventes historiadores del asunto, sólo los reyes del mambo, esa literatura pálida aupada a los altares por las innobles connivencias entre buena parte de la academia, de la crítica y el mundo editorial de las grandes multinacionales: vender humo con el apoyo de esas fajas que rodean el libro y ejercen de extorsión para lecturas poco o absolutamente nada exigentes. Los buenos libros -y el que aquí relato bien que lo es- han de servir de guía para que ese humo no nuble la literatura decente y, lo mismo, las miradas que lo criban con voluntad de que no le den gato por liebre. Y por encima de cualquier diversidad de enfoque al escribir o leer lo que se cuenta en este libro, destacar lo incuestionable (o eso creo): los tiempos se suceden y con esa sucesión sus escrituras, unas escrituras que en sus diversos itinerarios nos abocan sin remisión alguna al presente. Construir ese presente (escrita aquí con P mayúscula) es algo que necesariamente ha de echar mano de lo de antes. Para enhebrar sin trampa ni cartones lo que encabezaba estas líneas: «un diálogo posible entre literaturas diferentes». Yo añadiría: más que posible, se nos revela, ese diálogo, absolutamente imprescindible. Así sea.