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Botellones, dentro del descontrol

València se enfrenta cada fin de semana a los botellones, congregaciones multitudinarias de adolescentes con ganas de vivir deprisa y pasarlo bien, pero con riesgos para la seguridad ante el incremento de altercados e incidentes

Cientos de jóvenes congregados en la avenida de Blasco Ibáñez de València el pasado fin de semana para hacer botellón. Eduardo Ripoll

Cae la noche en la ciudad de València y las bestias, como si de una alegórica profecía se tratase, salen a bailar. Baila el éxtasis. El deseo. El descontrol. Lo hacen a marchas forzadas, a ritmo de trap —el subgénero musical urbano que se debate entre el esnobismo más teen y letanías de pretenciosas aspiraciones—.

Se fijan en el pensamiento de los más jóvenes, transformando sus anhelos en reclamos de derecho y libertad difícilmente amparados por ninguna normativa. «Esto se les ha ido de las manos y no nos pueden controlar, tenemos ganas de salir y pasárnoslo bien». Es, irrefutablemente, el alegato más repetido en los diversos botellones que se celebran cada fin de semana en el cap i casal y que alteran la quietud de una ciudad presumiblemente tranquila. 

La polémica, como cabría esperar del resultado de una combinación altamente explosiva —alcohol, drogas y sensación de impunidad—, está servida. El reloj no marca las 23:30 horas y caminar por plaza de Honduras, uno de los epicentros del botellón valenciano, se convierte en una ardua tarea.

Cientos de jóvenes se agolpan en las inmediaciones del concurrido espacio que, atendiendo a las reiteradas protestas vecinales, permanece vallado. De poco o nada sirve, pues la fiesta prosigue a escasos metros de distancia ante la mirada (solo la mirada) de la Policía Local. «Aquí no para de llegar gente», se escucha a través de uno de los walkies de un agente. Los jóvenes se cuentan por centenares —quizá por miles con un escrutinio preciso—, mientras los policías apenas superan la veintena. Un hecho tan premonitorio como el mensaje que acaban de recibir.

 

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Los vecinos de Plaza Honduras protestan por los botellones M. Á. Montesinos

Minutos después, ataviados con sus cascos de seguridad, se dispersan alrededor del inverosímil rectángulo de vallas que cerca la plaza. Vigilantes, pareciera que esperasen que todo pudiese pasar. También lo peor. Como si de un escenario distópico se tratase, se convierten en meros observadores de lo que acontece. La multitud de estudiantes camina, con sus copas de alcohol en la mano, con total impunidad frente a unos agentes que no censuran su consumo en la vía pública ni dispersan las reuniones multitudinarias alrededor de bolsas de supermercados repletas de botellas de alcohol.

El ron y la ginebra son los grandes aliados de la noche para unos jóvenes que se sienten invencibles. «Queremos salir, llevamos dos años encerrados y necesitamos pasárnoslo bien», comenta una de las jóvenes que acude al botellón de plaza de Honduras. No supera la mayoría de edad, pero eso no importa. «Me da miedo que me multen, obvio, pero prefiero que la Policía Local esté aquí».

Sobre el virus, su respuesta —y la de sus amigos— es tajante: «Estamos hartos». Una sensación extrapolable al vecindario de la manzana adyacente a la avenida de Blasco Ibáñez, aunque la molestia ocasionada a estos vecinos no parece perturbar la conciencia de los jóvenes estudiantes de Bachillerato. «Se tienen que aguantar. Si no venimos nosotros, lo hará otra gente», concluyen. 

¿Qué edades tienen? ¿Cómo se organizan para acudir al botellón? ¿De dónde sacan el alcohol? Al recorrer las calles próximas a plaza Honduras es sencillo apreciar la segregación. Por género, pero también por estrato social. Los popularmente denominados MDLR —«mec de la rue» por sus siglas en francés— se amontonan en grupos multitudinarios, pero aislados. Por el contrario, los jóvenes de estética y alardes más pudientes se reúnen en espacios más iluminados y núcleos más reducidos.

Todos, ellos y ellas, beben, fuman y desafían a la suerte en un pulso peligroso. Los incidentes no tardan en ocurrir. Apenas el minutero sobrepasa la una de la madrugada y los agentes de policía desalojan el que podría considerarse el nuevo botellódromo de la ciudad. La fiesta se traslada a una de las arterias de València, la avenida de Blasco Ibáñez y su jardín central. Los vehículos no pueden transitar, pues los jóvenes cruzan sin mirar dando lugar a atropellos y conflictos

La Policía Local de València desalojando la plaza de Honduras ante la intensa masificación del espacio. Eduardo Ripoll

«No dejan de pasar coches, que respeten un poco a los peatones», exclama un joven al atravesar incorrectamente la calzada. La suciedad es tan notoria como la falta de mascarillas, pese al incumplimiento de la distancia social recomendada. «La sensación que se vive en las clases y en los colegios mayores es de total impunidad. Se ríen de la normativa, de la covid-19 e, incluso, de los vecinos», denuncia una joven toledana que ha comenzado este curso su grado universitario en la ciudad. 

Según narra, con el beneplácito de sus amigas, es en las aulas y a través de grupos de WhatsApp donde se decide el día, el sitio y quién compra el alcohol, que luego sufragan entre todos. Sorprende la presencia de menores de edad, el grupo mayoritario concentrado en el botellón valenciano. Compran el alcohol, según relatan, en los locales de copas de la misma plaza. Algunos tienen 14 años. Otros no saben de dónde salen las sustancias que consumen, las cogen directamente del suelo. 

"Es muy difícil que nos multen. Si vemos que 'los polis' vienen, nos vamos corriendo, aunque pensamos estar aquí toda la noche bebiendo. Esto se les ha ido de las manos y ya no nos pueden controlar, queremos salir y pasárnoslo bien"

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Pasean por una avenida en la que ya se han producido robos y altercados sin saber bien qué esperar de la noche. «Sinceramente, no sé qué vamos a hacer, de momento solo beber», explica una joven de 16 años mientras sujeta la cabeza de su amigo, que vomita apoyado en el tronco de un árbol. 

No es necesario desplazar mucho la mirada para observar a decenas de personas orinar, bien en portales o escoltados por sus amigos en una especie de burda cortina humana. Las conversaciones no transgreden las temáticas e inquietudes propias de la adolescencia. Líos amorosos —con sollozos desconsolados mediante—, peleas entre padres y hermanos e inicio del curso escolar son el boca a boca de la noche.

Quieren socializar, gustar(se), vivir deprisa. Y, en ese afán, parece no haber cabida para la empatía. «Es muy difícil que nos multen. Si vemos que los polis vienen, nos vamos corriendo, aunque pensamos estar aquí bebiendo toda la noche», advierte en tono jocoso un joven. Cantan, beben y palmean sin aparente preocupación.

«Lo primordial es la seguridad, empezando por la nuestra. No vamos a actuar ni multar a nadie a no ser que haya un altercado multitudinario. Solo somos 20, esto no es normal. ¿Dónde está la Policía Nacional?», reflexiona un agente. Su impotencia confluye con la seguridad acrecentada de unos adolescentes dispuestos a trasnochar a cualquier precio. Impera el desconocimiento sobre la normativa para combatir la covid-19, pero también el botellón. Su realidad entra en conflicto con el descanso vecinal, la higiene y su propia seguridad. 

Denuncias, altercados, robos, abusos, ebriedad, trapicheo y atropellos son —pese al revulsivo social y los intentos disuasorios de la Administración— la nueva ley no solo de plaza de Honduras, sino también de numerosos espacios de la ciudad, como la zona marítima o los barrios de Orriols y Marxalenes. Al amanecer, la bestia duerme y comienza un nuevo día en una València más sucia. Más turbia.

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