Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Quiero ser fallera mayor de València

Su elección redondearía los años de inmersión en la falla de la familia... política

Paula Navarro Avallone | Arzobispo Olaechea-San Marcelino (Creu Coberta)

Su elección redondearía los años de inmersión en la falla de la familia... política

Su elección redondearía los años de inmersión en la falla de la familia... política

Paula celebra el cumpleaños nada más acabar Fallas. Este año, el suyo de fallera mayor, el tránsito a los 22 tuvo, pues, sabor agridulce: está muy bien celebrar aniversarios, pero no tanto cuando acabas de quemar la parte más importante de tu reinado. Su pareja contribuyó a almibarar la fecha un poco. «Me hizo una fiesta sorpresa que me levantó mucho la moral. Además, dos días después de Fallas me hice un esguince e iba con muletas. Lo veía todo negro. Tengo que verle el lado bueno: en lugar de "dos días después de Fallas" podía haber sido "dos días antes de Fallas"». El 23º aniversario, el de 2020, podría ser después de haber quemado a una mujer de grandes dimensiones haciendo meditación en la plaza del Ayuntamiento. Será "su" falla si supera, por lo menos, la criba de la Fonteta. Y devolvería el cargo selecto a la comisión de San Marcelino, que lo echa de menos desde 1986.

Paula llegó a la comisión número 100 de una forma indirecta pero, a la vez, chocante. ¿Es la falla de su familia? No ¿La falla de su pareja? No. Es... la falla de su familia política. «Soy fallera desde hace tres años. Desde niña siempre me habían gustado las fallas, pero mis padres, por su situación de trabajo, no podían llevarme a una comisión y participar en sus actividades». Una historia escrita más de una vez. «Cuando ya me vi con una cierta autonomía económica y de decidir, como ya había ido al casal de la comisión de mis suegros y me apunté. ¡Y luego tuvo que apuntarse él porque si no, no me ve el pelo!». Y lo remata con el diagnóstico: «no pude haber caído a un lugar mejor. Estoy muy contenta con su gente». A todo eso, cerca de casa: «vivo en el barrio. Mi madre tiene una casa allí. Me he criado de niña en Picanya» pero ahora, a tiro de piedra.

San Marcelino es una comisión que no se suele estar quieta. Sobre todo, lo que tenga que ver con escenarios. Y su particular inmersión la hizo ahí. «Cuando entré, para conocer a la gente, decidí bajar los fines de semana a ayudar, o a intentar ayudar, a hacer decorados. Me sirvió de mucho. Al año siguiente ayudé en la medida de lo posible con los infantiles». Y, en un visto y no visto, fallera mayor. «Precipitado o no. Se me presentó la oportunidad. Creo que no lo es. Las Fallas las he vivido desde pequeñita. Está claro que no tenía antiguedad, pero no había nadie más ese año. Era una ilusión y la gente de la comisión y la familia me apoyaban desde el primer día». Y fue el momento adecuado «porque ahora sí que vamos a tener falleras mayores en los próximos años». Y un diagnóstico inmejorable. «Con mi presidenta, mis infantiles, sus familias... muy feliz. No puedo pedir más a este año». Fallera mayor y luego más: «Había aprendido a ver la cantidad de trabajo para sacar adelante la fiesta y me he metido también en el grupo de secretaría».

En septiembre se tiene que graduar en Administración y Dirección de Empresas «pero llevo tres años trabajando. Primero en una empresa de inversiones y ahora en la de mi padre, que tiene una dedicada a transportes y otra de transformación de vehículos para obtención de etiqueta Eco. Algún día se jubilará y debo aprender todo».

Y una curiosidad: su segundo apellido, Avallone, es italiano. El de su abuelo. «Mi madre tiene ilusión de ir. Es en el sur, en Vietri sul Mare, en el empeine de la bota».

Compartir el artículo

stats