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Jaime Roch

La pólvora mojada de Simón Casas

La pregunta es evidente: ¿Por qué el empresario francés sí que es capaz de realizar una feria taurina en Albacete o en Madrid y no en València?

Simón Casas, actual empresario de la plaza de toros de València, en el callejón del coso.

Simón Casas, actual empresario de la plaza de toros de València, en el callejón del coso. Levante-EMV

“El señor Simón Casas presenta ocho espectáculos en Albacete y se ríe de nosotros en València”, es un mensaje de un abonado de la plaza de toros de la calle Xàtiva que recibí anoche en el teléfono.

Este taurómaco valenciano, que viaja todos los inviernos a visitar las ganaderías salmantinas para no perder la ilusión, ha visto triunfar en el ruedo de la calle Xàtiva desde Paco Camino hasta Enrique Ponce, desde El Cordobés hasta Roca Rey, pero no entiende el inmovilismo del actual empresario del coso de València. Él, como muchos otros, se han perdido el gran momento de toreros como Morante, Juan Ortega, Pablo Aguado, Emilio de Justo o Diego Urdiales.

La pregunta es evidente: ¿Por qué el autodenominado productor sí es capaz de presentar una feria taurina en Albacete para septiembre o en Madrid para octubre y no en València? ¿Cuál es la diferencia?

Son interrogantes que inundan la cabeza de los miles de aficionados a los toros del Cap i Casal y a los que todavía el empresario francés no ha logrado dar respuesta después de un año y medio sin toros.

Simón Casas se escuda en la excusa del aforo, fijado ahora en un 75 por cien en Castilla La Mancha y Madrid y en 50 por cien en la Comunitat Valenciana. Pero las ferias que ha presentado esta semana se anuncian a un mes vista, lo que quiere decir que el aforo puede variar en función de la incidencia del coronavirus. ¿Por qué no puede hacer lo mismo en València?

Su criterio, mayoritariamente espacial, nuclear, por su obsesión con las plazas grandes, ha roto cualquier puente de amistad con la capital valenciana. Su ambición, la misma que fue capaz de traer la reaparición de José Tomás a la Feria de Julio de hace diez años, se ha convertido en pólvora mojada.

Cada día que pasa sin toros es como si un martillo persistente aturdiera y perforara la afición, rota, dolorida y desconectada de su plaza durante más de 500 días. Qué tristeza.

Simón Casas ha abandonado a la València taurina a una larga y penosa agonía. Primero, la utilizó para conquistar las principales plazas de la piel de toro, como la deseada Ventas de Madrid, y tras once años al frente del coso de la calle Xàtiva, como si la empatía emocional no fuese con él, la ha cerrado a cal y canto, avasallada por una pandemia y sometida a su propio desinterés. Solo la medicina paliativa de una afición tan auténtica como la valenciana podrá salvarla. Veremos.

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