Opinión | la suerte de besar
Este artículo no va sobre perros
Uno de los placeres de esta vida es hacer la siesta un sábado, mientras en la televisión dan una película ligera. En los últimos años, parte de la producción filmográfica germana me ha acompañado durante estos grandes momentos. Astrid se ha enamorado de Helmut en la campiña francesa y Karen ha descubierto la infidelidad de Hans, al tiempo que yo roncaba acurrucada en el sofá. Placer absoluto. Cuando todo va bien, no es necesario innovar. A pesar de ello, el otro día incumplí el principio y cambié de canal. Error. Me propuse dormitar con otra película ligerísima, pero yanqui. El mundo estadounidense me engancha más que el teutón.
La historia estaba interpretada por Jennifer Aniston, que me gustaba más cuando no se había retocado la cara, y Owen Wilson, que es un actor a quien solo puedo mirarle la nariz. Una pareja bien avenida, con ganas de tener hijos, que, como paso previo, decide comprar un perro. La película se titula Marley & Me y Marley es el animal en cuestión. Un labrador que se come todo lo que pilla, incluidos los sofás, que aúlla cuando llueve y que no posee ni una sola norma de convivencia social. Es un can de comportamiento poco ortodoxo. Y, a pesar de ello, la familia le adora. En algún momento de esta película que me avergüenza admitir que vi enterita, el protagonista hace un alegato en defensa de la imperfección de su mascota.
La artista Marion Herbain impulsó hace unos años la iniciativa First of the roll, un proyecto que se definió como un acto de resistencia estética y que pretendía dar visibilidad a las primeras fotografías de los carretes de toda la vida. Los que todavía reconocemos qué es una cinta casete recordaremos que esa instantánea era la más defectuosa, la que salía partida por la mitad y medio quemada. Jamás la dábamos por buena y, por eso, repetíamos el posado. Herbain cree que es precisamente esa imperfección la que hace interesante la foto, la que provoca que te fijes en los detalles. Su iniciativa es un canto a lo analógico y una crítica al exceso de filtros. Es un reconocimiento a la imperfección.
Hace unas semanas, leí que los directores de casting se las ven y se las desean para encontrar a intérpretes que den el pego para ciertos papeles. Una reina del siglo XV con una dentadura perfecta y pómulos rellenos es poco creíble. Una madre de familia numerosa con vientre plano es poco probable y una mujer de 65 años sin una línea de expresión facial y unos labios turgentes es, básicamente, poco interesante. La imperfección y la naturalidad comienzan a ser bienes escasos. Una nariz grande y torcida o un diente montado nos hacen únicos. A lo mejor no muy bellos, pero sí originales, que ya es mucho.
Tengo una perra a la que debo controlarle el sobrepeso, con tendencia a padecer otitis y alergias dermatológicas. Cojea a menudo porque lleva una placa en el codo derecho y cuando era cachorra se comió, entre muchas otras cosas, mis dos pares de gafas graduadas y una camiseta que acababa de comprar. A pesar de todo, la adoro. Es imperfecta, como yo, como muchos. Qué liberación y qué bien sienta admitirlo. Parece que, al final, sí he acabado hablando sobre perros.
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