Unas semanas antes de cumplirse un año de la muerte bajo sospecha de Mahsa Amini, Naciones Unidas calificaba de “apartheid de género” el proyecto de ley del Parlamento iraní para ampliar los castigos contra las mujeres y las niñas que no llevasen velo en los espacio públicos. A estas penas por incumplir las normas del uso del velo, se añade la prohibición de realizar viajes y la retirada de los servicios sociales. La realidad es que la policía de la moral no ha dejado de ejercer la represión ante cualquiera que cuestionara la vestimenta de las iraníes y no parece que las declaraciones del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Turk, ni las denuncias de Amnistía Internacional, hayan hecho mucha mella en la máxima autoridad actual de Irán, el ayatolá Ali Jameini. El caso es que un sistema con estas restricciones que segrega y crea lugares separados con el propósito de mantener el dominio de los hombres sobre las mujeres, se asemeja en mucho al apartheid racial que permaneció en vigor en Sudáfrica desde 1948 hasta 1992.

La politóloga iraní, Nazanín Armanian, que participó en la revolución que derrocó la monarquía del Sha Reza Pahlevi en 1979, suele recordar que hombres y mujeres lucharon juntos con el fin de exigir mejoras democráticas para su país. A menudo, en sus intervenciones públicas, muestra fotografías donde ella misma y otras muchas jóvenes aparecen en medio de una multitud enardecida en las protestas de aquella época. Y cuenta también que, nada más triunfó la revolución, empezaron a separarlos por sexos y a repartir chadores para que ellas se cubrieran la cabeza y el rostro. Al principio les extrañó pero la alegría de la victoria impidió que se percataran del nuevo régimen teocrático que, con el ayatolá Ruholà Musawi Jomeini, iba a conculcar los derechos más elementales de las mujeres.

Esta situación se recrudeció en septiembre del año pasado tras la muerte de Amini en Teherán después de haber sido arrestada y detenida por no llevar bien puesto el velo. Al conocerse el suceso, un sentir popular recorrió el país demandando derechos para las mujeres bajo el lema “Mujer, vida y libertad”. En esos primeros momentos las revueltas ciudadanas se saldaron con detenciones y ejecuciones que agravaron aún más el clima de opresión que se vivía. Así ha sido hasta que, el pasado 16 de septiembre, fecha del aniversario de la muerte de Amini, la gente acudió a honrar su memoria delante de su tumba. Ni la detención de su padre, ni la prohibición de cumplir el ritual del duelo por parte de sus familiares, lograron aplacar las protestas y frenar la huelga general convocada que fue seguida en varias ciudades iraníes.

En ese ambiente de revuelta popular, en el que se lucha contra el régimen iraní, las mujeres reclaman dignidad y libertad. Su situación me ha recordado las palabras de la escritora francomarroquí Leila Slimani que, en uno de sus libros, situaba la cuestión femenina en algo esencialmente espacial. Se refería a que el sometimiento de las mujeres a los hombres pasa sobre todo por tener que ser evaluadas según los lugares donde deben o no estar. Una cuestión de espacios que oscila entre recluirse en la intimidad doméstica y dejar de transitar por el espacio público. Al respecto, no está de más resaltar que Virginia Woolf pensara escribir la continuación de su libro “Una habitación propia” por otro cuyo título provisional iba a ser “La puerta abierta”.Al final, las mujeres viven bajo el temor a no cumplir los imperativos de la vestimenta y a no quedarse en el sitio donde les corresponde según los dictámenes masculinos. Por eso mismo, el calificativo de “apartheid de género” está tan bien traído.