Opinión
Urdiales y la sentencia del "alimento"
El maestro de La Rioja realizó una labor que supuso un estallido de luz solar proyectado sobre el sendero del toreo más puro y más clásico en la Feria de Abril

Diego Urdiales pasea una oreja en la Feria de Abril en Sevilla / EFE
Cuando Diego Urdiales salió de la plaza de toros de La Maestranza, mientras bajaba por la calle Iris tras el único festejo que tenía contratado en la Feria de Abril, un aficionado fascinado lo paró y, antes de subirse a la furgoneta, le dijo como si definiera con más acierto que todos los cronistas lo que supuso esa tarde: "Maestro, su toreo es puro alimento".
Y justo en ese mismo instante, otro torero como es Daniel Luque salía por la Puerta del Príncipe. Pero ese aficionado sintió la obligación de parar al maestro de La Rioja para expresarle una sentencia casi enigmática en estos tiempos.
Porque en Sevilla, con este tipo de toreros tan trascendentales, tan trasparentes a los que siempre se les profesa un respeto emocionado, todo tiene un aire de misterio, como si el propio Urdiales hubiera logrado justo esa misma tarde del viernes 12 de abril el milagro de detener un instante en el curso infinito del tiempo.
Esa sentencia del "alimento" suponía, sin embargo, una reconciliación con el toreo más puro, donde el sentimiento y el transcurso del tiempo se fundieron en un mismo lienzo. Con esa ligereza, que es como un soplo de aire fresco, como una brisa materna.
Y, pasados los días, resulta un intento vano ir más allá de la pura representación del toreo de Urdiales con palabras, pero sentirlo en vivo y directo en La Maestranza supuso algo así como un estallido de luz solar proyectado sobre el sendero del toreo más puro y más clásico. Una faena que, sin duda, se traduce como un reflejo de su estado de ánimo en sus bodas de plata como matador de toros, de las personas concretas que le rodean, de la singularidad de su sentimiento para expresar la universalidad del toreo.

Diego Urdiales, en un extraordinario natural en Sevilla / MAESTRANZA PAGÉS
El dibujo del muletazo, el trazo de su muñeca, era un dibujo universal. El temblor poético de su tauromaquia, la torería lunar de su expresión, su pureza deslumbrante, entraban directamente en la patria de la memoria. La hondura global de sus muletazos, el pulso privilegiado de sus formas, el toreo tan en las yemas y tan en la muñeca. La naturalidad en la postura y la pureza en todo. En definitiva, la belleza global del toreo.
Por eso, esa faena, como el mismo cante de Rancapino Chico al que brindó su obra, supuso un momento que se alargará en la memoria cada vez que queramos echar mano de ella, un instante que definitivamente deviene en eterno y en el que se condensa el pasado, el presente y el futuro. Que ya es decir. Una inmovilidad del instante supremo del toreo que acentúa el carácter efímero e inasible de las cosas. La oreja, que tiene su peso, era lo de menos. Despojos, que decía el maestro Curro Romero.
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