Desastre electoral para la izquierda en las autonómicas y agridulce victoria socialista en Gandia, que se consolida como un emblemático bastión municipal del PSOE pero que ya no podrá contar con el respaldo incondicional de un gobierno progresista en la Generalitat.

Finalmente, se cumplieron los pronósticos: triunfo rotundo de la candidatura de José Manuel Prieto, a un solo edil de la mayoría absoluta, derrota del PP, cuyo elevado suelo electoral rara vez le permite llegar a la cima, y siniestro total de Més Gandia, que pierde la mitad de sus concejales.

Los resultados del domingo han devuelto a los nacionalistas a sus peores resultados electorales. El liderazgo y la apuesta de Alicia Izquierdo no han pasado el corte de las urnas, y sobre este punto hay que señalar que la frustrada aventura de Alandete no explica por sí sola los estragos sufridos por Més Gandia, en los que sin duda ha influido, aunque no hasta el punto de ser su primera causa. Quienes se presentaban como eje de una concentración «histórica» de fuerzas a la izquierda del PSOE –Compromís, EU, Podem y los escindidos de Els Verds del País Valencià- no pueden ocultar hoy la evidencia de que ni siquiera añadiendo los 1.300 votos de Projecte Gandia al total de los obtenidos por Més Gandia este partido hubiese logrado más de 3 concejales. Una situación que en la mayoría de formaciones políticas se afronta con una autocrítica que no excluye la dimisión, o la toma de decisiones, al menos estéticas, de cara a la galería, aunque no es probable que en Més Gandia provoque otra reacción que esa inercia orgánica en la que tan cómoda parece encontrarse la dirigente local de Compromís. Si Víctor Soler llamaba el jueves a hacer «una profunda reflexión» ante los malos resultados del PP local, como gesto de respeto hacia sus votantes y en alusión indirecta a la candidatura de Juan Carlos Moragues, en el asambleario partido de Izquierdo no ha ocurrido lo mismo.

Ante participación, técnicamente prescindible, de los nacionalistas en el próximo ejecutivo municipal las suspicacias sobre la reedición de un tercer pacto del Serpis crecen en las filas socialistas, aunque no es probable que Més Gandia quede fuera del próximo gobierno de la ciudad. Ni Izquierdo pasará voluntariamente a la oposición ni va a obtener concejalías sensibles, como pretendía y, para los socialistas, pasado el ardor de la victoria, siempre será mejor enfrentarse al bloque PP-Vox que a esas dos fuerzas en compañía del ocasional fuego amigo de Més Gandia. Para ese partido, convertido ya en un simple peón en manos del PSOE, las expectativas, dentro o fuera del gobierno local, son más que inciertas bajo la dirección, el instinto político y el talante de una dirigente cuyo sentido de la realidad puede medirse por su opinión sobre la campaña electoral de Més Gandia, que en la noche electoral calificó muy en serio de «xulíssima, molt bona», antes de ponerse a analizar la derrota del PP, celebrar que la ciudad hubiese resistido la oleada de la derecha y recordar que ya se sabe lo que ocurre cuando el PSOE gobierna en solitario. Si esos son los mimbres con los hay que esperar que en Gandia se reconstruya el valencianismo de izquierdas a este le espera una larga travesía en el desierto.

En cuanto al PP, su derrota local quedó atenuada por el hecho de que no fue en absoluto una sorpresa y por su paseo triunfal en las autonómicas. Como cabeza visible del principal partido de la oposición, Moragues es una incógnita, y poco más se puede decir.

Prieto es, hoy como ayer, el único que ejerce un auténtico liderazgo en la política local. Por eso ganó las elecciones sin que los doce concejales conseguidos por el PSOE asombrasen a nadie. Podrían haber sido 11, o 13, porque los socialistas no se enfrentaban a un escenario electoral de alto riesgo, como sus temerarios socios de gobierno, y manejaban datos reales que se movían en esa horquilla. El PP no obtuvo los resultados esperados y Més Gandia se hundió (como diría García Lorca) «hasta los cabellos» porque ninguno de esos partidos quiso ver (en el PP, Soler lo vio a tiempo, pero nadie le hizo caso) que las elecciones locales estaban siendo una carrera de largo recorrido impuesta por las necesidades estratégicas del PSOE desde que Prieto llegó a la alcaldía. Había que colocar con urgencia al candidato en el mercado electoral y en ese empeño los socialistas siempre llevaron la iniciativa mientras sus adversarios se disputaban el poder interno en sus partidos, sobrevalorando sus siglas, sobrevalorándose a sí mismos y despreciando el paso del tiempo. El resultado de la maniobra del PSOE fue un éxito: un partido transversal, polifacético, al alcance de todas las sensibilidades políticas, y un líder casi ubicuo al frente de la alcaldía que si, por un lado, con la consigna de «la moderación» se hacía con el centro sociológico, por el otro capitalizaba en solitario la gestión del gobierno ante la portentosa indiferencia de Més Gandia, solo atento a sus pendencias domésticas, y los bandazos e improvisaciones del PP. Por eso la campaña oficial fue tan gris y previsible, y por eso nos encontramos en puertas de un consistorio al que ha vuelto, a efectos reales, el bipartidismo, con la inestimable colaboración de quienes más lo temían.