Opinión | PARECE UNA TONTERÍA

Juan Tallón

La mayor decepción

Algunas de las decepciones más lógicas, si no cuento las que me he llevado conmigo mismo, son las que me he llevado con el pegamento. Suena ridículo, francamente, pero siempre he estado dispuesto a creer en la magia del pegamento. El poder de la ficción me arrastró también a creer en el semáforo en rojo, las impresoras, las fechas de cumpleaños, el afán de superación, la calefacción central, el amor a la ropa, las esperanzas grises, salir a la calle sin gafas, la ingenuidad, las libretas, los recuerdos del instituto, el Golf GTI, escribir a mano o en saberme las canciones de memoria.

Pero en el pegamento creí una vez, y otra, y otra más, sin importar que acabase por desilusionarme reiteradamente. Estaba siempre dispuesto a perdonarle, a caer de nuevo en sus anzuelos, a esperar de él milagros, o, por lo menos, milagritos. Inexplicablemente, sigo creyendo en él. A cada vez que me he oído decir abatido «Se rompió», y romperse es el destino de casi todas las cosas, justo después de precipitarse por accidente al suelo, tras unos segundos de congoja acababa añadiendo «A lo mejor tiene arreglo». El pegamento construía esa expectativa con su sola existencia. Después de todo ha ejercido de héroe en tantos relatos. Cuántas madrugadas de insomnio no lo viste casi salvar vidas en la Teletienda. Todo podía unirlo.

Pero no. A la hora de la verdad nunca hay milagro. Nada vuelve a ser como antes después de ser unido con pegamento. Lo que se rompe, se rompió para siempre. Peor sería haber matado a alguien; puedes consolarte. Y aún en ese caso, siempre hay algo que lo suavice, como cuando en 99 River Street, de Phil Karlson, uno de los personajes, afligido, le confiesa a su amigo: «He matado». La cosa parece espinosa, pero su compañero toca la tecla exacta y lo consuela: «Hay cosas peores aún, como ir matando a alguien minuto a minuto».

En las últimas semanas, después de ver ya a unos cuantos activistas del cambio climático aplicarse pegamento en las manos, y adherirlas a los marcos de grandes obras de la pintura para poner en la agenda sus reivindicaciones, me fue imposible no pensar de nuevo en el fijador. Ay, el pegamento otra vez decepcionando. ¿Estamos produciendo pegamentos de verdad?, me pregunté. ¿Quién nos está engañando? ¿No debería ser el acto de pegar una práctica elocuente, radical? Si el pegamento de verdad pegase, la naturaleza de las protestas adquiriría nuevos aires. Los activistas se aplicarían el producto, se adherirían a los marcos, y se quedarían pegados para siempre. Vivirían con el cuadro, abandonados a su suerte en el museo, y para siempre. La protesta entraría en otra dimensión. Los activistas rogarían que les amputasen las manos, porque el tedio se haría intolerable. A lo mejor, las tétricas escenas estremecerían a los gobiernos, a las grandes industrias, y revertiríamos los efectos del cambio climático. Y todo gracias a que al fin nos tomamos en serio al pegamento.