Opinión | A Vuelapluma

Abrazo de Emèrit a emérito

Emèrit Bono durante el acto en Castelló.

Emèrit Bono durante el acto en Castelló. / Erik Pradas

Emèrit Bono era comunista en la transición. El viejo catedrático de Economía de la Universitat de València fue conseller en los gobiernos socialistas de Joan Lerma, pero cuando se discutía la Constitución era diputado por el PCE de Santiago Carrillo, unas siglas que marcaban. Lo remarco porque ayer, en el acto de la Generalitat por el 6 de diciembre, Emèrit Bono (no ‘Èmerit’, como se empeñaron en rebautizarlo ayer) sorprendió con unos elogios a Juan Carlos I, anatema casi hoy no solo en la izquierda. Lo remarco porque me pareció valiente y justo. Las biografías tienen curvas y es cierto que el rey emérito acabó reinado entre mentiras, escándalos de faldas y dinero y comportamientos que si no rayaron el delito superaron con mucho la línea de lo éticamente aceptable. Pero es tan cierto todo eso como que su papel en el tránsito de la dictadura y el asentamiento de la democracia fue crucial. El bueno de Bono quiso acordarse ayer, cuando casi no toca, de esa actuación y dio gracias a Juan Carlos I cuando casi nadie lo quiere. Como lo leen: un viejo comunista agradeciendo lo hecho a un rey en el exilio, repudiado por casi todos. La imagen condensa la transición y el espíritu de un tiempo. En ella está la España de la mayor parte de estos 45 años, no sé si la de hoy. En ella está la libertad de pensamiento, la oportunidad de ir a la contra en tiempos de opiniones encapsuladas en bandos. En ella está la belleza de traspasar fronteras ideológicas, por lo que supone de comprensión del otro. En ella está El abrazo de Genovés.

Con la voz cascada, trastabillándose en las fechas, dejándose veinte años por el camino, Emèrit Bono dijo algunas verdades para entender aquel tiempo, que quedó tocado tras el 15M. «La pasión política que desencadenó estar acabando con la dictadura fue motivo suficiente para llevar adelante una tarea que nos beneficiaba a todos», dijo. Y habló de «sabiduría comprensiva». Ahí está todo.

Sin nostalgia, porque los tiempos son diferentes, la clave de aquel momento fue que los extremos se moderaron a partir de unos acuerdos en los que entraron tanto el PCE como los hijos del franquismo (a través de la UCD) y nacionalistas catalanes y vascos (en su mayoría). Los extremos se estrecharon. Hoy, y olviden las nostalgias, ya digo, se da lo contrario: los extremos se ensanchan y los moderados tienen demasiadas tentaciones de extremarse para no verse opacados por los nuevos radicales.

Esta España de hoy la vimos ayer mismo. No habían pasado ni diez minutos del final del acto en Castelló cuando los socialistas valencianos emitían su demoledor juicio. «Es muy grave que se utilice un acto institucional para lanzar mensajes de desunión y confrontación». No escuché esos mensajes. Eché en falta uso del valenciano en boca del president de los valencianos, no me gustó ver a representantes institucionales de la extrema derecha, la misma que señala las sedes socialistas, en ceremonias de concordia, pero el discurso de Carlos Mazón me pareció tan cargado de ideología como podían estar los de Ximo Puig en años pasados o como estuvo el de Francina Armengol en el Congreso. El sentido general fue de llamada a los consensos con la excusa de la Constitución.

Pero no es cuestión de un partido. El tono de Alberto Núñez Feijóo en Madrid en los 45 años de Constitución también fue de destrucción total contra todo lo que huela a Gobierno (de Pedro Sánchez en este caso). Da igual quién empezó primero. La sobreactuación y la asunción de que la oposición ha de ser destructora para merecer el nombre son rasgos (solo algunos, hay más) de tiempos averiados. Sin nostalgia.