Opinión | Tribuna abierta

¿Los emigrantes, importan?

Esta pregunta de un emigrante recién llegado a Gandia, tras arribar a Canarias después de cinco días en el mar en una embarcación impulsada por vela, procedente de Senegal, tiene que hacernos reflexionar. «¿De verdad nuestras vidas importan a alguien?», decía. ¿Cómo es posible que, en sociedades desarrolladas como la nuestra, y en su conjunto la Unión Europea, que se reúne por estas fechas para tratar el tema, se cuestione cómo albergar a los miles de emigrantes que en condiciones lastimosas, cuando lo consiguen, acceden a nuestras costas, tras múltiples sufrimientos, sea en Canarias o en Lampedusa?. En palabras de Adela Cortina, «el problema de la migración es global y necesita respuestas mundiales», que la sociedad desarrollada no ofrece.

Emigrantes que llegan en cayucos, pateras, o con medios económicos escasos, que carecen de los papeles necesarios para regularizar su situación - sin papeles no hay trabajo, sin trabajo no hay papeles - y que acaban siendo ingresados en los Centros de Internamiento para Extranjeros, CIES, en condiciones deplorables, que tanto la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR, como la Fundación por la Justicia, denuncian reiteradamente. Menores extranjeros no acompañados, denominados, con actitud despectiva y desconfiada, como ‘menas’, que se encuentran, ante la nueva realidad que les rodea, en condiciones de inferioridad, sin que se les valore por las ilusiones que albergan en su corazón, y en sus capacidades. Una vergüenza para todos nosotros, de la que cada uno somos responsables. Emigrantes, que fuimos todos, en algún lugar, en algún momento.

¿Cómo permitir que gran parte de la población migrante viva en condiciones de miseria al lado mismo de nuestras casas sin querer conocer esta realidad?. Familias con menores, que viven en fábricas en desuso o locales abandonados, próximos a donde la ciudad duerme, cómodamente. Personas adultas, que trabajan, en ocasiones, en condiciones de explotación, sin que su situación se haya podido regularizar. La situación de quienes se ven un tiempo privados de sus derechos, retenidos en los centros de internamiento, resulta inadmisible. Se ven atrapados en una auténtica maraña administrativa para poder acreditar suficientemente la delicada situación que les obligó a salir de su país, a causa de la pobreza o por sus ideas cívicas de compromiso social. No sabemos por cuánto tiempo, una sociedad puede permanecer silente ante la situación de la emigración.

Tratemos al migrante como desearíamos que a nosotros nos hubieran tratado. En palabras de Rosa Luxemburgo, «por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres». La Agenda para el Desarrollo Sostenible insta a resolver los problemas del milenio antes de 2030, fecha que se encuentra, cada vez más cerca, y los avances lejanos, en un año en el que se conmemora el 75 aniversario de la Declaración de la ONU de Derechos Humanos y el 25 de la Declaración de València, de Responsabilidades y Deberes Humanos. Es un imperativo de los derechos humanos tratar a los migrantes con la dignidad que merecen, que nos lleva a reflexionar sobre una situación que resulta inadmisible. El Día Internacional del Migrante, no debe tratarse como una celebración más, sino una oportunidad de reflexionar sobre esta verdadera urgencia social.

En la emigración, el sufrimiento alcanza tanto a los que se van, como a los que quedan, con el sufrimiento de la ausencia, por ambas partes. Los recién llegados corren el riesgo de dejar de pertenecer al mundo del que vienen, sin llegar a ser aceptados, en muchos de los casos, en el que llegan. El canon de extranjería deben satisfacerlo por la sola circunstancia de ser admitidos en el país de recepción, contribuyendo a su bienestar económico en las condiciones más desfavorables, siendo su preparación ignorada en la mayor parte de los casos, y en muchas ocasiones, con el prejuicio de las gentes del lugar. ¿Acaso no se recuerda lo mucho que los emigrantes aportan en países más desarrollados? La comprensión al otro, la integración en la acogida, debe hacerse con el respeto debido a los derechos humanos. Sin el reconocimiento que el emigrante merece, su nombre es nadie, como denuncia Eduardo Galeano. En muchas ocasiones, una fuerza de trabajo, barata, mientras se la necesita. Que el Día Internacional del Migrante, el 18 de diciembre, no sea una celebración más, sino que nos comprometa a todos.