Opinión | ágora

Balance 2023: desorientación

Una niña palestina es llevada a un hospital tras un nuevo bombardeo sobre la Franja de Gaza.

Una niña palestina es llevada a un hospital tras un nuevo bombardeo sobre la Franja de Gaza. / Europa Press/Contacto/Omar Ashtawy

De los acontecimientos del 2023, ninguno tan relevante como la guerra de Gaza. Sea cual sea nuestra vivencia de ella -depresión, indignación, sufrimiento, angustia o indiferencia-, su dimensión objetiva alberga lo abismático de los cambios epocales. Ningún otro alberga tantas inquietudes, y ninguno nos lanza un reto tan dramático para ajustar valoraciones y creencias. Ninguno exige con tanta fuerza renovar nuestros relatos históricos y posicionamientos; ninguno nos exige con tanta urgencia preguntarnos por nuestro futuro como sociedad en el mundo.

La densidad temporal de la guerra de Ucrania es profunda. Desde que los normandos se citaron en Kiev, las tierras de Ucrania han sido objeto de disputa por diversas potencias. Ucrania las ha soportado con paciencia y quizá ahora por primera vez ha logrado una conciencia nacional. No obstante, las potencias que se disputan su influencia no pueden ser ni vencedoras ni vencidas. Así que todos saben que tendrán que llegar a acuerdos. Por eso no se combate buscando la destrucción total.

Las fortificaciones del Dombás no se van a hundir. Rusia no las abandonará. Ucrania no las puede superar. Los enfrentamientos no pueden ir más allá y la situación sobre la que negociar una paz no puede ser muy diferente de la actual. La guerra con drones puede mantenerse ininterrumpidamente y las potencias que están dispuestas a apoyar a las dos partes son tan sólidas, que el Niéper es el fiel de la balanza del mundo. Cualquier pequeño peso, como se ve con Orbán, puede tener una influencia poderosa para desajustar los equilibrios. Imaginemos la que tendría un peso pesado como Trump. Por eso, lo mejor que puede pasar para Occidente es que Ucrania se incorpore a la UE y que comencemos a hablar con Rusia.

Pero incluso nos avergonzamos de esta perspectiva cuando la percepción de Gaza domina nuestro espíritu. Y lo hace porque nos exige cuestionar eso que llamamos Occidente. La guerra de Ucrania no nos escandalizó porque resultaba fácil asumir el relato de que todo comenzó con la invasión de Putin. Conocíamos lo que era capaz de hacer. Lo vimos en Alepo con nuestros propios ojos. Eran los herederos de Stalin, los herederos de Háfel al Ásad. No éramos nosotros. Formaba parte de la incapacidad del mundo islámico para organizarse, las consecuencias de su ancestral guerra interna.

Pero no hay diferencia objetiva entre Gaza y Alepo. La diferencia es subjetiva. Los desastres de Gaza los producen gentes que se consideran occidente, demócratas, civilizados, personas a la que estábamos en condiciones de considerar «nosotros». El hecho de que Europa no haya condenado esta actuación sugiere que seguimos considerando a Israel como un «nosotros», alguien que forma parte de nuestra misma herencia cultural. Pero si es así, entonces estamos obligados a decirnos ¿Quiénes somos nosotros? ¿Qué nos identifica? Sabíamos que no somos Hamás. Pero entonces ¿cómo vernos si podemos aceptar -como estamos haciendo- que es un «nosotros» el que está actuando en Gaza?

Los más lúcidos pensadores judíos, desde Hannah Arendt hasta Furio Jesi, avisaron a su pueblo y al mundo. El sionismo trae la destrucción del espíritu milenario de Israel y distorsiona la percepción activa y pasiva de cualquier judío que esté fuera de Israel. Sin embargo, el sionismo se adueña de Israel y, sin contrapesos, es lo único visible ante el mundo. Las potencias democráticas no están en condiciones de diferenciar entre su apoyo a aquel espíritu milenario judío, sin el que no podemos entendernos, y la cuadrilla de fanáticos que gobierna Israel. No somos capaces de ser anti-sionistas para no ser anti-semitas. Al parecer, la suerte de unos millones de palestinos no exige ese esfuerzo. Pero nos engañamos si creemos que apoyamos al sionismo por solidaridad cultural. Nos une al sionismo tan poco como a los ayatolás de Teherán.

Nuestra historia reposa sobre el Holocausto como límite absoluto. Nosotros nos hemos pensado desde la suerte de aquellos millones de judíos asesinados. Sabemos que únicamente merece la pena mantener abierta la historia de lo humano en la Tierra si se evita su repetición. De otro modo todo estará permitido y todo podrá repetirse. Y he aquí que se le ha oído decir a Netanyahu que su meta es que los gazatíes salgan de la franja de Gaza. En verdad, su gestión del conflicto obedece a la lógica de hacer imposible la vida allí. No soy el juez de la humanidad para precisar si lo que estamos viendo estos meses es un holocausto, un genocidio o un inmenso crimen. Pero en todo caso, el responsable último de esta actuación confiesa que su aspiración es producir una diáspora que deje sin tierra al pueblo palestino. O diáspora, o muerte bajo los escombros. Algo que ya pasó bajo el mandato imperial de Tito.

El eterno retorno de la catástrofe en la historia está asegurado si no ponemos límites normativos. Estar de este lado del imperio o de aquel no será nunca seguro. Vivir preguntándonos cuál será la venganza que albergue el futuro, sabiendo que los que no somos nosotros nos odian, pensando que sólo vale la fuerza que se tenga, sabiendo que tenemos que defendernos con una fuerza proporcional a las violaciones de nuestros propios valores, no es una perspectiva agradable. Saber que el mundo entero se reirá de nosotros cuando pronunciemos las palabras «derechos humanos», no es agradable. Pero esa es la única perspectiva a la que nos condena el dejarnos arrastrar por el militarismo y el fanatismo. Pues ¿cómo pararemos estas opciones dentro, si nos asociamos a ellas fuera?