Opinión | TRIBUNA

Polarizados

De todas las candidatas, la Fundación del Español Urgente (FundéuRAE) ha elegido, como palabra del 2023, «polarización». Según este organismo, «Es uno de los términos que más ha resonado a lo largo del año, en relación con diferentes cuestiones: políticas, sociales, de ideas, en el área de las redes sociales… Aunque, originalmente, el sustantivo polarización aludía a ideas complementarias, como puede ser el contraste entre ciencias y humanidades, hoy también se emplea de manera específica para referirse a situaciones en las que hay dos enfoques o bandos extremos, en ocasiones con una idea implícita de conflicto». Decía Wittgenstein, filósofo del lenguaje, que «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Siguiendo su reflexión, «polarización» sería un reflejo de nuestra realidad. La relación entre los términos y las cosas, o dicho de otro modo, el problema de los universales inquietó a buena parte de los filósofos medievales. Así las cosas, hubo un debate acalorado entre los realistas – que defendían que los universales existían verdaderamente al modo de la ideas platónicas – y los nominalistas – que defendían que solo existen los entes individuales, no existe «la persona» sino esta persona o aquella -.

La palabra «polarización», si siguiéramos la epistemología aristotélica, diríamos que es una sustancia segunda. La «polarización» sería la forma que subyace en la suma de lo concreto. Existe, diría el discípulo de Platón, polarización política, artística y familiar entre otras. Ahora bien, de todas ellas, podríamos abstraer una esencia, o sustrato. Y dicha esencia sería el enfrentamiento. Una sociedad, familia u organización polarizada es aquella que contiene en su seno polos opuestos. Lo mismo que un partido de fútbol en un final de liga. Un partido no es otra cosa que un modelo, como dirían los economistas, de polarización. Decía Empédocles, filósofo presocrático, que el arché – el fundamento primero que explica el mundo eran los cuatro elementos: aire, tierra, agua y fuego. Cuatro elementos que se integraban y desintegraban mediante el amor y el odio, dos fuerzas polarizadas. La polarización siempre ha sido un tema de interés filosófico. Hegel y Marx, a través de su dialéctica, hablaron de tesis y antítesis; de opresores y oprimidos. El motor de la historia funcionaba mediante corrientes e intereses contrapuestos.

La polarización, nos debe preocupar como sociedad. Un país polarizado es un país enfrentado. Y España, por desgracia, arrastra una mochila de acontecimientos polarizadores. Entre ellos, la Guerra Civil, un conflicto que enfrentó a «rojos y azules» y que hoy, medio siglo más tarde, sigue polarizado en los mentidores de la calle. Tras el suarismo, el bipartidismo trajo consigo un escenario de turnismo entre la izquierda y la derecha. Incluso, hoy, en los debates televisivos, la ubicación de los tertulianos está polarizada. No hay grises. Y esa ausencia de grises invita a que la palabra del año sea «polarización».

Una palabra que pone en evidencia nuestra praxis como demócratas. No existe el «tercer tiempo» como en los partidos de rugby. Un tercer tiempo necesario para que los abrazos y apretones de manos dejen en la cancha a  la polarización. Somos un país polarizado. Polarizado ante el fracaso de los pactos antinatura. Polarizado ante la falta de luces largas en las tertulias de las barras. Y polarizado porque el interés partidista ensombrece al general. Ante esta coyuntura,  la polarización – como término del año – servirá a los amantes de los tópicos. Amantes que utilizarán el término en sus relatos novelescos. Es hora de que nos «despolaricemos», y para ello, no hay otra receta que construir puentes para unir las orillas.