Opinión | Ágora

Después de la pandemia

LLa pandemia de Covid provocó una convulsión inesperada de nuestros valores y de nuestra percepción del mundo. Instalados antes en la complacencia de un sólido bienestar personal y colectivo, esa solidez se transformó de repente en frágil vulnerabilidad, y eso ha sido un golpe inesperado. El trauma nos ha transformado, ha cambiado nuestro universo personal y colectivo y ha afectado a nuestra salud mental y física. Porque la experiencia del miedo y la conciencia de los retos que ahora conocemos deberían impulsar nuevos valores y nuevas formas de comportamiento.

Valga como ejemplo el poder de las redes sociales y su influencia en la construcción del respeto, la sexualidad, los hábitos de vida y lectura, la concepción de la cultura o la capacidad de reflexión. El deterioro de los valores tradicionales y sus consecuencias nefastas para la educación y la salud mental llevó a presentar en USA una demanda colectiva contra META, Tiktok (…), cuyo fundamento era precisamente los daños que causan a la salud mental de los jóvenes, una iniciativa judicial que podemos ver también en España. Como nos enseñó la pandemia, no hay salud individual sin salud colectiva y salud global. El confinamiento y su consiguiente pérdida de una serie de derechos civiles nos hicieron ver que mi libertad estaba limitada por nuestra salud. De igual manera, puede afirmarse que la libertad individual en las redes pasa por la salud de los jóvenes y del conjunto de los ciudadanos.

Las redes permiten el acceso a la información y con la inteligencia artificial algo más: permiten elaborarla y obtener resultados prácticos. ¿De qué manera está transformando todo este universo tecnológico la educación y el aprendizaje? Quienes nos dedicamos a la docencia somos conscientes de que el desarrollo humano, el conocimiento, la creatividad y la sabiduría no es lo que reflejan engañosamente las redes sociales, convertidas en un universo de fantasía regido por el mercado. Decía Zigmunt Bauman en una entrevista que nuestra sociedad cuando habla de felicidad siempre acaba en una tienda. Comprar la felicidad es una quimera.

Vivimos en un mundo radicalmente polarizado con pobreza y desigualdades, violencia, deterioro medioambiental, y riesgos para la salud mental y física. Los docentes tenemos la inmensa responsabilidad de hacer ver que los grandes retos personales, sociales, medioambientales o globales no se solucionarán mediante la tecnología, con la inteligencia artificial, sino que requieren de una toma de conciencia colectiva responsable de nuestro papel en el mundo actual. En un mundo donde las desigualdades crecen dramáticamente, deberían articularse políticas dirigidas a erradicar la desigualdad en todas sus dimensiones. El capitalismo global y el neoliberalismo que lo representa políticamente son un camino hacia el abismo pasando por el sacrificio de gran parte de la humanidad. El descrédito de las organizaciones internacionales y el unilateralismo conduce al conflicto y al dominio antidemocrático del poder económico-político.

Pero volvamos a la felicidad, que es un sentimiento subjetivo, pero íntimamente ligado a unos valores y, por tanto, a un modelo cultural, político y social. Es difícil estar bien cuando ves pobreza, desigualdad y sufrimiento a tu alrededor. Esto nos lo enseñó la Covid: mi felicidad pasa por tu felicidad. Lo colectivo y lo personal caminan de la mano. Sobre todas estas cuestiones reflexionó Nuncio Ordine a través de la filosofía y de su labor en las aulas, esas aulas que también nosotros empleamos para crear espacios de debate y conocimiento con el estudiantado. Otros miran la felicidad a través de la literatura, la pintura o la espiritualidad (entendida como búsqueda interior) o mediante compromisos con la sociedad para desenmascarar falsas ilusiones. El individualismo egoísta, el triunfo a costa del otro, esa sociedad de rivales y enemigos solo conduce a la neurosis y la infelicidad. Al final, el proceso de interiorización y entrega generosa, se haga cómo se haga, exige quitarse capas y prejuicios para dejar de pensar en «mi» e interiorizar que somos parte de un «nosotros», que dar es también recibir, y que cualquier gesto desde la generosidad honesta es potente como el aleteo de una mariposa. Y no hay que esperar a que sea el otro quien inicie el movimiento.