De la ironía y el desasosiego

El autor de canciones tan populares como «La puerta de Alcalá», «Arde París» o «Makinavaja», muestra una España que se mueve entre la represión y la esperanza

Si mañana no regreso, quémalo todo

Si mañana no regreso, quémalo todo

Alfons Cervera

Alfons Cervera

Ya el título es definitivo. Kafka. Dice a Max Brod que lo destruya todo. Que no quede nada de lo que ha escrito. El amigo no le hace caso. Y no sé para qué seguir escribiendo hoy día si ya están los libros del novio tímido de Felice Bauer para saber que, después de eso, escribir es imposible. Sin embargo vale la pena seguir escribiendo si al final nos encontramos con este libro de Bernardo Fuster. Yo era un fan del músico que con Luis Mendo y el grupo Suburbano grabaron discos fantásticos y acompañaron a Luis Eduardo Aute en su muy larga trayectoria. Luego supe de su militancia antifascista en el FRAP, de que su nombre de cantautor era Pedro Faura, de su exilio en París. De su regreso a un país que no acababa de saber cuál era su destino en el mundo. Aún hay quien se niega a que ese destino tenga un mínimo de dignidad y enarbola banderas y soflamas patrióticas como si la patria o lo que sea fuera algo que sólo a esa turba violenta pertenece. Ahora Bernardo Fuster escribe libros porque según cuenta él mismo escribir canciones es un oficio que se le queda corto. Y mira que escribió canciones hermosas…

En la clandestinidad antifranquista, incluso en la Transición, ardían en algunas casas papeles comprometidos. Ahí también el título de esta novela que surge de una tradición imbatible: esa picaresca que la hizo grande y cómo la memoria cervantina se encarna en el Quijote para convertirla en un auténtico prodigio de humor y de invenciones. Un hombre, en la España de los primeros años cincuenta del pasado siglo, está en un banco del Retiro madrileño y se da cuenta de que ha perdido la memoria. No hay identidad sin los recuerdos. «Los locos también son sospechosos y los manicomios está llenos de personas víctimas del trauma de la guerra, gente que ha perdido a toda su familia en los bombardeos o que han sido fusilados o están desaparecidos. Personas que han perdido la memoria para poder seguir viviendo». Eso le pasa a Niceto, que poco a poco añade algún detalle a sus olvidos: Buyo. Niceto Buyo. Y será a partir de ahí, de esos primeros detalles, desde donde se inicia una historia que es la historia de aquellos años en la relación de la España franquista con ella misma y con el mundo más próximo o lejano, que tanto daba. Una novela que reúne el universo de los espías, de un poder que era el de las intrigas palaciegas entre los mismos franquistas, de cómo los EEUU llegaban con su carga de queso, leche en polvo y mantequilla para aliviar el hambre a cambio de convertirnos en la última frontera anticomunista cuando la guerra fría, de un delirante universo en que personajes reales y otros que salen de la imaginación del autor se mezclan para ofrecernos un fresco de vidas y aspiraciones que encuentra también en Max Aub una fuente de impecable referencia.

Y aunque sea el humor la manera en que Bernardo Fuster nos cuenta estas historias, no hay tregua para ese mundo difícil en que mucha gente vivía cuando el horror -con un dominio absoluto de la crueldad franquista y de la Iglesia- era el vivir cada día y se debatía entre perder la memoria como ejercicio de supervivencia o luchar hasta la muerte para que esa memoria no desapareciera de sus vidas. Pocas veces la ironía -a ratos berlanguiana- me ha resultado tan profundamente desasosegante como en Si mañana no regreso, quémalo todo. Muy pocas veces. Muy pocas veces he añadido a mis biografías particulares de personajes literarios tantas como las de los que me han sorprendido en esta novela que fascina por su decidida voluntad de romper silencios, unos silencios que aún ahora se imponen como si todavía estuviésemos en el momento en que Niceto Buyo, en los primeros años cincuenta del pasado siglo, se levanta de un banco en el Retiro madrileño y se da cuenta de que no recuerda nada de su vida.

Empezar con Kafka y ese paseante solitario que en la cubierta camina por un pasillo urbano orillado de árboles. Recorrer los otros pasillos envueltos en la sombra siniestra de los subterráneos franquistas y sus torturadores. Y desembocar, ya con la ironía en un plano casi inadvertido, en el regreso al principio de esta historia. Ya poco a poco ha ido recordando el protagonista pequeños detalles de su vida anterior. Y ahora qué. La duda hamletiana, como siempre pasa en los instantes decisivos. Paciencia, le dice un amigo. Y es el mismo Niceto Buyo quien se interroga en un punto cercano a la angustia: «¡Paciencia, debo tener paciencia! Pero teniendo claro que la paciencia no es esperar, que la paciencia bien entendida es la actitud que se tiene mientras se espera… o, dicho de otra manera, tengo que hacer algo en este tiempo de espera, no me puedo quedar parado… ¿por qué no escribo lo que me ha pasado en estos tres años? Escribir siempre se me dio bien, pero no sé cómo empezar…». Y vuelve al principio para empezar a contarse a sí mismo y a contarnos muchas historias a la vez.

Como cuando lo suyo era más escribir canciones que ya forman parte de muchas otras historias personales: entre otras, ya lo dije antes, de la mía. Como si se tratara sólo de añadir algunas estrofas más -y lo mismo de literariamente poderosas- a las que ha venido escribiendo a lo largo de su vida. Como en ese viaje ficticio a ninguna parte, que es muchas veces el que más necesitamos, y, si por si acaso no hay regreso de ese viaje, se nos dice al final que lo quememos todo. O sea, nada. Porque hay biografías reales e inventadas -las de Bernardo Fuster o Niceto Buyo, por ejemplo- que nos serán del todo imprescindibles para entender, no sólo lo que le pasa al mundo en que vivimos, sino, y sobre todo, lo que nos pasa a nosotros mismos. Que es, en definitiva, de lo que va la buena literatura, ¿no? Pues eso.