El trueque más siniestro

En ‘Los exportados’, Sonia Devillers, periodista francesa descendiente de rumanos, desvela la historia oculta de su familia, envuelta en los atroces canjes por cerdos durante el régimen comunista en los 60

Los exportados

Los exportados / Levante-EMV

Luis M. Alonso

Debido a la creciente ola nacionalista, en los años 30 del pasado siglo se separaron en Rumanía las aguas de toda una era. Lo cuenta Radu Jude en el documental La nación muerta (Tara Moarta), de 2017, valiéndose de la colección de imágenes del fotógrafo Costica Axinte, tomadas en el transcurso de esa década. La palabra está extraída del diario de Emil Dorian, un médico judío de la época. Nos muestra lo que no pueden las fotografías: el surgimiento del antisemitismo y, con el tiempo, una desgarradora representación del holocausto local, asunto que pocas veces se ha mencionado en la sociedad actual rumana. En los 80, mucho más tarde, salió a la luz la confesión escrita de un alto cargo de la dictadura comunista de Nicolae Ceaucescu, en la que revelaba algo hasta entonces oculto: que Rumanía había vendido a la población judía a cambio de ganado o de dinero. La periodista francesa Sonia Devillers (Les Lilas, 1975), descendiente de rumanos, indagó recientemente en una de las páginas más sórdidas de la historia europea del XX. El resultado es un conmovedor libro titulado Los exportados.

La historia contada por Devillers nos sumerge en el mundo de sus abuelos maternos, el de la burguesía judía de Bucarest, en ascenso antes de la guerra: culta, políglota, amante de la música. Artistas, empresarios, académicos, judíos a pesar de sus esfuerzos por ser lo menos judíos posible, aunque reacios a cambiar su nombre para no romper completamente con el judaísmo. El ascenso del fascismo rumano, profundamente antisemita, en el periodo de entreguerras, seguido del régimen pronazi de Ion Antonescu durante la Segunda Guerra Mundial, hizo que el registro de la Shoah en su versión doméstica quedara abierto a todo tipo de manipulaciones después de la contienda. Sin embargo, el hecho de que el Gobierno, temeroso del fracaso del Tercer Reich, decidiese ponerse in extremis del lado de los aliados supuso que la numerosa población judío rumana de Bucarest no fuese finalmente deportada por miedo a contrariar a las potencias occidentales amigas. De esa manera, una gran parte de los judíos del país sobrevivió, tras haber sufrido incluso más persecución que en los países vecinos. Fruto de ello, la Rumanía de la posguerra, ya comunista, tenía más judíos que cualquier otro lugar de Europa del Este, salvo la Unión Soviética. A pesar de ser aparentemente comunistas leales, los abuelos de Devillers fueron considerados culpables del crimen de «cosmopolitismo». Y en 1962, los gobernantes de esta dictadura empobrecida descubrieron que podían pedir el rescate de sus judíos e intercambiarlos por bienes como cerdos o dinero. Tenían especial predilección por la raza porcina danesa landrace, veían en ella la panacea.

Las familias infelices lo son cada una a su manera, como escribió León Tolstói en Ana Karenina, pero a diferencia de las aún más desdichadas de otros exiliados, la historia de la familia rumana de Devillers, refugiada en París, no se parece a ninguna otra de las que han marcado la segunda mitad del siglo XX. Se ha dicho, y no falta razón para mantenerlo, que en el relato magníficamente escrito de la periodista francesa existe cierta impostación desgarradora premeditada. En realidad, los abuelos de la autora, como ella misma cuenta desde el principio, no fueron «exportados» a la fuerza, igual que otros, después de perder sus privilegios: llegó un momento en que querían largarse y vieron la posibilidad de salir de Rumanía aprovechándose de una trata de personas evidentemente siniestra. A principios de los 60, cuando la familia Deleanu, antiguamente Greenberg, abandonó Rumanía para establecerse en Francia, no emigró, sino que obtuvo visados de salida tras un trueque en el que el Estado rumano recibía a cambio animales domésticos de pura raza, instalaciones agrícolas automatizadas o máquinas y herramientas modernas. Después de la llegada de Ceaucescu al poder, el negocio se detuvo temporalmente, luego alcanzó proporciones todavía mayores: el Estado socialista vendió una gran parte de sus ciudadanos de origen judío al Estado de Israel. Al igual que las materias primas, eran valorados y negociados en el extranjero a cambio de divisas fuertes. 

En diciembre de 1961, Harry y Gabriela Deleanu, sus hijas Lena y Marina y su abuela Roza Sanielevici partieron de Rumania en tren hacia París. Representaban una pequeña parte de los casi un cuarto de millón de judíos vendidos por el Estado comunista que abandonaron Rumanía humillados, a menudo obligados a renunciar a su ciudadanía y a sus posesiones en el país a cambio de un pasaporte. Se puede decir que el comunismo tuvo éxito donde el fascismo rumano fracasó. 

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