Toná surgió en los viajes a Málaga de la coreógrafa Luz Arcas para visitar a su padre enfermo. En la casa donde se crió, la cofundadora de la compañía La Phármaco se reencontró con referencias, iconos y símbolos que tenía casi olvidados. Recordar anécdotas y miedos le hizo reconectar con el folclore de su infancia y le motivó a querer bailar «la muerte como celebración de la vida, la fiesta y la catarsis individual y colectiva», sintetiza la creadora.

De ese anhelo surgió un laboratorio creativo para trabajar sobre la memoria compartida y los imaginarios populares junto a otras dos artistas malagueñas residentes en Madrid, la fotógrafa Virginia Rota y la violinista y compositora Luz Prado. Su propuesta escénica conjunta llega al Teatre El Musical mañana. 

«El público valenciano tiene una oportunidad única para ver esta fantástica pieza de la bailarina y coreógrafa Luz Arcas en el Teatre el Musical, un montaje arriesgado e innovador, de obligada asistencia para los amantes de la danza», valora el director artístico del TEM, Juanma Artigot.

«Toná» aborda todo lo relativo a la muerte y al duelo desde el folclore, con una presencia muy importante como fuente de inspiración de los verdiales, folclore malagueño prerromano, probablemente de origen fenicio, que en gran medida ha sobrevivido a las sucesivas colonizaciones culturales y todo intento de domesticación. 

En su proyecto, Arcas recupera varias referencias fundamentales de su infancia, como Trinidad Huertas, La Cuenca, una bailaora malagueña del siglo XIX que se hizo famosa en todo el mundo con un número en el que representaba a una torera en plena faena y que le dio el sobrenombre de La Valiente. También la figura de la Virgen del Carmen, embarcada en procesión por el mar cada 16 de julio en una fiesta que, como tantas otras del mundo popular, expresan un paganismo y un arcaísmo anterior al catolicismo. Por último, también le ha interesado la experiencia del milagro «como la aborda Pasolini, como Ana Mendieta: la metafísica de la carne, su espectacularidad pobre, el testigo inesperado».

La pieza, coproducida por el Festival de Otoño de Madrid, se aleja de narrativas convencionales y ofrece al espectador una experiencia poética, plástica e intuitiva. El espectáculo indaga en la fugacidad, en la muerte y la memoria. «Como todo lo relacionado con el pueblo, esta memoria cultural está llena de problemas, sin duda, pero volver a ella, para ensuciarla, renombrarla, y así, vitalizarla, es un acto de libertad frente al totalitarismo cultural o cualquier intención neoliberal de imponer o capturar un sentido que solo esa colectividad puede administrar performativamente. También es un acto de resistencia contra el intento de nuestro sistema de desterrar y negar la enfermedad, la vejez y la muerte, que nos hace débiles cultural y espiritualmente y por lo tanto, dominables», argumenta Arcas.