El reto de encontrar un bar normal

Varios clientes, en el conocido bar Montblanc del Cabanyal.

Varios clientes, en el conocido bar Montblanc del Cabanyal. / Germán Caballero

Isabel Olmos

Isabel Olmos

Me pasó por primera vez de manera intensa -casi como una revelación- este verano paseando por las calles de un bonito municipio mallorquín y, desde entonces, no puedo evitar una cierta sensación de desasosiego cuando, por ejemplo, camino por algunos barrios de València u otras grandes ciudades. Buscábamos, entonces, un bar para tomarnos un café con leche de los de toda la vida y una tostada con tomate o aceite. I prou. Nada más. Suficiente. Con eso éramos feliz. Un bar normal. 

Tras recorrer las céntricas calles de dicha localidad, lo obvio se desplegó ante nosotros  con una contundencia irrebatible: no había bares normales. Es decir, podías tomar mil millones de tipos de donuts multicolor, bagels, healthy toasts (con el omnipresente aguacate), english breakfast y un Frühstück alemán que quitaba la respiración. Pero ni un bar normal a precios moderados, de esos de buen café de máquina y su mostrador con sus magdalenas procesadas, su tortilla de patatas, albóndigas, sepia y longanizas del terreno, por hablar de elementos comunes gástricos. Si querías un bar normal te tocaba -nos tocó- peregrinar hasta las afueras donde, ahí sí, hallamos nuestro objeto de deseo. «Si algún día monto un bar en alguna zona turística» le comenté a mi pareja «te juro que le llamaré Bar Normal».

En aquel momento se me disparó la alarma y ahora he de confesar que me he obsesionado: cuando voy a las principales ciudades valencianas y españolas busco bares normales por sus centros históricos. Con sus sillas y mesas metálicas y sus servilletas de papel que coges una y te llevas diez. Ahora, en esta época navideña además, me emociono con aquellos que colocan guirnaldas que parecen serpientes encima de las botellas antiguas de ron o de la televisión. Dicen los expertos que ya no están de moda. 

Miles de turistas llenan el centro de València estos días prenavideños.

Miles de turistas llenan el centro de València estos días prenavideños. / Eduardo Ripoll

Lo dicho, busco bares normales e interrogo, inquieta, a los residentes de los barrios que los han perdido ya. ‘A ver, no, aquí no hay. Bueno, hay uno que me cobra 2’5 euros por un café con leche y una tostada con jamón pero ya es saliendo del barrio’, me confesaba una amiga que se ha comprado hace poco un piso en el turístico y valencianísimo Russafa. El resto, reconoció muy a su pesar, brunch de tostada con aguacate en cafeterías y franquicias muy modernas y monas que no bajaban de los 7 euros.

Suménse a mi equipo, lectores. Reivindiquemos un bar normal, para nuestros momentos normales, que para nuestros momentos postizos ya tenemos todo un océano de plástico en pleno centro de la ciudad.