Uno de los acogidos del canónigo fue hallado muerto en ropa interior en su casa en 2013

Alfonso López llamó al 112 al ver que su amigo, que vivía en la calle, dejaba de respirar y la autopsia concluyó que sufrió un infarto por taponamiento cardiaco

El 'sinhogar', que estaba en calzoncillos en la cama y ni siquiera tenía documentación, recibió un entierro de beneficencia

Traslado del cuerpo sin vida del canónigo asesinado Alfonso López tras el hallazgo de su cadáver en el piso de la calle Avellanas de València.

Daniel Tortajada/Agencia ATLAS

El canónigo emérito de la catedral de València Alfonso López Benito, asesinado en el piso del Arzobispado en el que residía, en el número 22 de la calle Avellanas de València, ya había vivido un episodio trágico con uno de esos hombres a los que decía acoger por caridad y con quienes, según varios de los testigos interrogados ahora por la Policía Nacional, mantenía relaciones sexuales a cambio de dinero o, incluso, de cama y comida. Fue en 2013, en el piso de su propiedad, en la calle Gobernador Viejo, en el que vivía antes de trasladarse al de la diócesis valenciana en el que sería asesinado una década más tarde, ubicado a solo 300 metros del anterior.

Según ha podido reconstruir Levante-EMV a partir de distintas fuentes de toda solvencia conocedoras de los hechos, un sinhogar de nacionalidad rumana a quien había metido en su casa tras captarlo en la calle murió en la cama tras sufrir un infarto, por lo que el caso fue archivado, a pesar de la polvareda que levantó en el vecindario, ya que en esa época ya era conocida su afición a llevar a hombres y jóvenes sin recursos a su casa con fines poco claros.

Avisó el propio canónigo

Ese incidente sucedía el 18 de diciembre de ese año, a las puertas de la Navidad, y fue el propio sacerdote quien alertó al teléfono de Emergencias 112, al ver que el hombre había dejado de respirar. El fallecido tenía 57 años y, cuando entraron los servicios de emergencia en casa, sobre las 22.30 horas, lo encontraron en la cama de matrimonio, vestido solo con un calzoncillo y ya sin signos vitales.

En la habitación, sobre una silla, estaba su ropa, pero ni siquiera llevaba encima documentación. De hecho, tuvo que ser la Policía Científica quien lo identificara oficialmente a través de las huellas dactilares.

La Policía Local de València, que fue la primera en llegar, activó a la Nacional y a la comisión judicial de guardia. Alfonso López, que entonces aún no era canónigo de la catedral de València, pero sí, desde 1999, de la colegiata-parroquia de San Bartolomé Apóstol y San Miguel Arcángel, en la avenida del Regne de València, quien explicó que el fallecido se llamaba Florea B., que tenía 57 años y una hermana en un municipio al norte de Madrid.

Nadie preguntó cómo había ocurrido

También, que lo había recogido en la calle y que a veces pernoctaba en su casa. Nadie preguntó al canónigo por qué ni en qué circunstancias se había producido el ataque al corazón. En sus explicaciones a la comisión judicial indicó que Florea se había sentido indispuesto y que él le había dado una pastilla analgésica, aunque no había mejorado.

El juzgado de guardia ordenó el traslado del cuerpo al Instituto de Medicina Legal (IML) de València a las 23.30 horas, y al día siguiente, 19 de diciembre de 2013, se le practicó la autopsia. La conclusión fue clara: su corazón se rompió tras sufrir un taponamiento cardiaco que lo llevó a la muerte tras varias horas de malestar. Dado que no se detectaron causas no naturales en el fallecimiento, el grupo de Homicidios de la Policía Nacional no llegó a intervenir y el juzgado de Instrucción archivó el caso el 4 de febrero del año siguiente.

Entierro de beneficencia

Para entonces, Florea ya había sido enterrado como lo que era, una persona sin hogar y sin recursos, que vivía y comía gracias a los servicios y asociaciones de atención a quienes se encuentran en situación de exclusión social. Su cuerpo fue sepultado, tal como había pedido su hermana al juez, en el Cementerio General de la ciudad gracias a la partida de la que dispone el Ayuntamiento de València para los entierros de beneficencia.