Proyecto Vivir: donde nacen segundas oportunidades que permiten empezar de nuevo y mirar hacia el futuro sin miedo
Con el apoyo de la Fundación «la Caixa», el programa impulsa la autonomía de mujeres que, junto con sus familias, se encuentran en situación de vulnerabilidad o exclusión social

El proyecto atiende de manera anual a unas 60-65 familias y alrededor de 50-60 menores. / P. V.

«Cuando hablamos de segunda oportunidad, no nos referimos a una idea abstracta», explica Cristina Cervera. «Sino que es, literalmente, lo que muchas de las mujeres que llegan a Proyecto Vivir vienen buscando: una posibilidad real que les permita poder empezar de nuevo».
El programa «Una segunda oportunidad», que durante 2025 recibió una ayuda de la Fundación «la Caixa», nace precisamente desde esa necesidad. Está dirigido a familias en situación de vulnerabilidad o riesgo de exclusión social, con un foco muy claro: mujeres, en su mayoría solas o con hijos a su cargo, que arrastran historias de precariedad económica, emocional y laboral. «Son personas que, por sus circunstancias vitales, han tenido que experimentar situaciones muy duras: violencia, migraciones forzadas, falta de oportunidades… Una mochila que hace que lleguen a la Fundación profundamente desgastadas», señala Cervera, directora gerente de la iniciativa.
En ese contexto, para ellas -aunque también para sus hijos- el proyecto se convierte en un espacio de reconstrucción. No solo formativa, sino también personal. «Nuestro trabajo se apoya en varios pilares: la formación, el acompañamiento, el asesoramiento y la cobertura de necesidades básicas». Porque, como concreta, «es muy difícil pensar en el futuro cuando no tienes cubierto lo mínimo en el presente». Cada semana, las participantes reciben apoyo alimentario, productos de higiene o pequeñas ayudas económicas destinadas a cubrir gastos esenciales como transporte, medicación o vivienda. Un mínimo imprescindible para poder centrarse en lo importante: sanar, aprender y avanzar.
Acompañamiento integral
Pero «Una segunda oportunidad» va mucho más allá de esta asistencia. El programa se articula en torno a tres grandes dimensiones: la individual, la social y la familiar. «Trabajamos el desarrollo personal, el acceso al mundo laboral y la salud emocional; pero también la integración social -idioma, cultura, funcionamiento del entorno- y, por supuesto, el núcleo familiar», enumera.
En la práctica, esto se traduce en un acompañamiento integral. Por las mañanas, muchas mujeres participan en formaciones prelaborales, clases de idioma o talleres de habilidades sociales. Al mismo tiempo, sus hijos más pequeños son atendidos en el aula de conciliación, un espacio clave para garantizar que puedan asistir. «Las guarderías convencionales no siempre están al alcance de estas familias. Aquí nos aseguramos de que puedan venir, sabiendo que sus hijos están cuidados», confiesa Cervera.
Por las tardes, el foco se amplía a los menores. Refuerzo escolar, actividades lúdico-educativas y talleres emocionales forman parte de una rutina que busca fortalecer también a los hijos. «No trabajamos solo con las madres. Proyecto Vivir es un proyecto de familia», resalta, y añade que «hay que intervenir en todo el ecosistema familiar para que el cambio sea real y duradero».
Ese enfoque integral incluye también la mediación entre la relación de madres e hijos. «No hablamos de familias conflictivas, pero sí de contextos muy complejos. La precariedad, el estrés, las experiencias vividas… Todo influye». Así, el proyecto genera espacios compartidos donde se trabajan los vínculos y la comunicación. Uno de los elementos más determinantes es el apoyo emocional. «Hasta que una persona no está mínimamente bien a nivel emocional, es muy difícil que pueda avanzar en otras áreas de su vida», afirma Cervera. Por ello, gran parte del trabajo se centra en reconstruir la autoestima, el pensamiento crítico y la confianza.
Almas con esperanza
El impacto de este proceso es profundamente transformador. «Si pudiéramos hacer una foto de su alma al inicio, veríamos a una mujer rota, sin esperanza, sin confianza en sí misma», describe. Sin embargo, tras un recorrido que suele durar entre uno y dos años, el cambio es evidente: «Salen fuertes, seguras, capaces de tomar decisiones por sí mismas. Pueden mirar al pasado sin que las rompa y, sobre todo, vuelven a creer que tienen futuro».

Las mujeres de la Fundación durante una de las numerosas actividades que realizan en Proyecto Vivir. / P. V.
En paralelo, el acceso al empleo se plantea como una herramienta clave para la autonomía. «Muchas no han trabajado nunca. Para ellas, será su primera experiencia laboral». A través de formaciones, prácticas y colaboraciones con empresas, el programa busca facilitar esa transición, haciéndoles saber que la independencia pasa por el empleo y que desde la Fundación les dan las herramientas para conseguirlo.
El proyecto atiende de manera anual a unas 60-65 familias y alrededor de 50-60 menores. Detrás de estas cifras existe un equipo técnico reducido -apenas seis profesionales- y una red fundamental: el voluntariado. «Contamos con cerca de 150 personas voluntarias al año. Ellos son el motor, la gasolina que hace posible todo esto», enfatiza la directora gerente. Asimismo, la sostenibilidad del programa se apoya en diferentes vías de financiación: recursos propios, donaciones, subvenciones públicas y ayudas privadas. En este sentido, el respaldo de la Fundación «la Caixa» resulta clave. «Es una parte muy importante de nuestro presupuesto. Sin ese apoyo, no podríamos llegar a tantas personas, pues nos otorga el oxígeno necesario para seguir adelante», reconoce.
Después de más de tres décadas de trayectoria -el proyecto comenzó en 1994 y se constituyó como fundación en 2003-, Proyecto Vivir continúa fiel a su propósito inicial: ofrecer oportunidades reales de cambio. «Nuestro objetivo es que cada mujer recupere las riendas de su vida», concluye. «Que descubra su potencial, que tenga herramientas y que pueda construir la vida que quiere. Eso es, al final, una segunda oportunidad».
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